Mientras se alejaba la camioneta, sabía que poco a poco la
tortura se iría extinguiendo, hasta que dentro de unos años solo quedará un
vago recuerdo, el recuerdo de dolor. Ensimismado, con la cabeza baja, Juan
caminaba tranquilamente hacia la Academia, poco a poco iba perdiendo el
cansancio mientras el aire fresco le pegaba en la cara. Juan no sabía pedalear
hace dos años, cuando le dijeron que era más fácil y menos estresante el usar
bicicleta, empezó su lucha, poco a poco y con la ayuda de sus amigos, en dos
meses aprendió a pedalear libremente.
Cuando llegaba a la Academia, sudando por el sol
inmensamente grande que quemaba hasta las fuentes de la entrada, sonreía y
sacaba el cigarro. Fumaba, caminaba desde los portones del Periférico hasta la
granja experimental de Agronomía, conocía a chicleros y a los vendedores de
esas cosas extrañas que se hacen con hojas y parecen esperanzas.
Desde el primer día hasta el día de hoy, Juan sabía los
pasajes más oscuros del camino, donde no pasaba gente, donde pasaba demasiado,
donde podría dormir tranquilamente. Seguramente y con tanto tiempo por delante,
Juan sonreía y se decía a sí mismo: “quisiera que está fuera la historia de mi
vida”.
Mientras se alejaba la camioneta, Juan agarraba su caja de
chicles, sonreí y sabía que la tortura poco a poco se iba expandiendo, no sabía
pedalear, no había estudiado nunca en un colegio y siempre quiso ser auditor.
Juan caminaba los pasillos de la Universidad, le daba vueltas y vueltas, no le
gustaba fumar, pero el hambre lo hacía caer en el vicio, se conocía los
pasillos y sabía los secretos escondidos en las paredes con historias de amor
inconclusas.
Juan era un chiclero, que quería estudiar, se metía de
oyente todos los días, sabia las respuestas y era el alumno estrella de la
clase, sin carné, sin inscripción, si saber leer fluidamente, sin ser
estudiante solo era un soñador, un chiclero que vende esperanzas y camina erguido
en la Universidad.
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