viernes, 25 de enero de 2013

Nota del corrector 5



Martín se encontraba ordenando su cuarto, cuando los álbumes de fotografía saltaron a la vista. De colores mohosos, por el tiempo, recordaba las viejas fotos de su niñez y de su adolescencia tras ese suéter gris que guardaba polvo ahora en el armario viejo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, atrás de la primera foto tomada en el año 1997 recordaba a su primer gran amor, la maestra de primero primaria. Recordó tantas cosas como la primera impresión del colegio donde estudiaría, la cantidad enorme de alumnos y la soledad absoluta con ningún amigo. Martín cerró los ojos, suplicante quería volver a sentir esa situación.

Las páginas se fueron cambiando y para el año del 2003 la fiesta que tuvieron de cierre de Sexto primaria llegaba, el mismo grupo que aseguraba estar desde primero primaria, la verdad hace tiempo que no sabía cómo hacer para olvidar a ese grupo de gente que era parte de él ahora. Los recuerdos llegaban una  y otra vez, todos juntos, todos separados, arrinconados por la situación ancestral de la melancolía, cerraba sus ojos y la Minerva llegaba tranquila a darle un poco de sabiduría. Las lágrimas eran eminentes ahora, no hay vuelta atrás.

Los años fueron siendo productivos, su primera participación en la actividad cultural que abarcaba una semana, su primer baile, su primera novia, la primera vez que ganaba el campeonato intercolegial de fútbol. Las veladas, tres años, elección. Ya no cerraba los ojos, los abría se explicaba el cosmos según las Valquirias se asomaban en su cabeza.

2008, el álbum más lleno de su colección, recuerda tristes momentos, alegres otros, melancólicos y venerables, una vida entera, once años, once vida, once días, gente que fue y deshizo, gente que no le apetece recordar, gente que suspira nombres de seres invisibles, gente que anochece en la guerra y desparrama la situación del ser, gente, simplemente gente, gente que lo hace, que lo hizo, que lo hará, amistades superfluas que emigran de aguas subterráneas, amistades integras que recorren la vida en silencio. Teleféricos de recuerdos, Tálamos de vivencias. Recorre el Cid con su máxima elegancia y atrás gritan ¡Que viva el Campeador! ¡Ese es el Cid! Rocinante y Sancho vislumbran desde la huerta, Otelo y Segismundo lo siguen en sueños y desde Xibalbá recorre la suntuosa carrera de la vida. Ixmucané lo toma del pelo, le da agua de maíz, vuelve a la vida.

Solo han pasado cinco años.

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