Martín se encontraba ordenando su cuarto, cuando los álbumes
de fotografía saltaron a la vista. De colores mohosos, por el tiempo, recordaba
las viejas fotos de su niñez y de su adolescencia tras ese suéter gris que
guardaba polvo ahora en el armario viejo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, atrás de la primera
foto tomada en el año 1997 recordaba a su primer gran amor, la maestra de
primero primaria. Recordó tantas cosas como la primera impresión del colegio
donde estudiaría, la cantidad enorme de alumnos y la soledad absoluta con ningún
amigo. Martín cerró los ojos, suplicante quería volver a sentir esa situación.
Las páginas se fueron cambiando y para el año del 2003 la
fiesta que tuvieron de cierre de Sexto primaria llegaba, el mismo grupo que
aseguraba estar desde primero primaria, la verdad hace tiempo que no sabía cómo
hacer para olvidar a ese grupo de gente que era parte de él ahora. Los
recuerdos llegaban una y otra vez, todos
juntos, todos separados, arrinconados por la situación ancestral de la
melancolía, cerraba sus ojos y la Minerva llegaba tranquila a darle un poco de
sabiduría. Las lágrimas eran eminentes ahora, no hay vuelta atrás.
Los años fueron siendo productivos, su primera participación
en la actividad cultural que abarcaba una semana, su primer baile, su primera
novia, la primera vez que ganaba el campeonato intercolegial de fútbol. Las
veladas, tres años, elección. Ya no cerraba los ojos, los abría se explicaba el
cosmos según las Valquirias se asomaban en su cabeza.
2008, el álbum más lleno de su colección, recuerda tristes
momentos, alegres otros, melancólicos y venerables, una vida entera, once años,
once vida, once días, gente que fue y deshizo, gente que no le apetece
recordar, gente que suspira nombres de seres invisibles, gente que anochece en
la guerra y desparrama la situación del ser, gente, simplemente gente, gente
que lo hace, que lo hizo, que lo hará, amistades superfluas que emigran de
aguas subterráneas, amistades integras que recorren la vida en silencio.
Teleféricos de recuerdos, Tálamos de vivencias. Recorre el Cid con su máxima
elegancia y atrás gritan ¡Que viva el Campeador! ¡Ese es el Cid! Rocinante y
Sancho vislumbran desde la huerta, Otelo y Segismundo lo siguen en sueños y
desde Xibalbá recorre la suntuosa carrera de la vida. Ixmucané lo toma del
pelo, le da agua de maíz, vuelve a la vida.
Solo han pasado cinco años.
Me aceleraste el palpitar Jairo. :')
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